Juan Pablo Vitali

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19/03/2008

La última frontera. Ecce Homo

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Crecí en medio de una lucha desigual, donde las relaciones de fuerza nunca fueron favorables. Seguramente entonces, me acostumbré al heroísmo. 

Pero cambió el tenor espiritual de nuestra estirpe, y aquella cosmovisión, se deslizó hacia las sombras de una edad oscura. Ahora, como tantos de nosotros, pertenezco a una cultura casi muerta, desterrada de la realidad y de los símbolos.

Sin embargo no considero la situación como un fracaso. Es lógico que la decadencia, ampare sólo a quienes la comparten.

 

En el Sur del Sur, en la Patria de todos los exilios europeos, la resistencia es nostálgica, silenciosa, indisciplinada, a veces mínima, pero no por eso menos heroica.

Resistimos rodeados de fantasmas, que no quieren abandonar las costas del estuario. Las voces y las sombras de Europa nos persiguen, desde la sangre de nuestros antepasados.

 

Creo en la lealtad. Una religión que ya no se practica. Aprendí sus ritos y todavía los celebro. Conozco algunos de sus muertos.

Si hubo algo sagrado en estas costas, fue el honor de los vencidos, la hospitalidad, y el interés por los hombres, que arribaron despojados de mando, de hogar, de trabajo, de todas sus ilusiones y proyectos, a comenzar de nuevo.

 

Nada había en la lejanía del Sur, donde se fundó la aldea de Buenos Aires en 1536. Nada había allí, a no ser arbustos achaparrados, y un río anchísimo y oscuro, destinado a abrir las puertas de la tierra, a los hombres de los confines del imperio español, cercados por el hambre, la extensión, y el aislamiento.

 

La aldea se convirtió en un puerto, al que confluyeron más y más hombres de Europa. Ellos crearon esa otra forma de ser europeo, que es ser criollo. Porque criollo es el europeo nacido fuera de Europa, si es que rige todavía para nosotros, el ius sanguinis.

Arribaron en sucesivas etapas, continuando la gran migración de la estirpe, iniciada milenios atrás.

Buenos Aires es -como se ha dicho- la capital de un imperio que nunca existió. Ha sido también, la capital en el exilio de todos los imperios europeos. En medio de esa nostalgia, nace nuestra literatura, que es a menudo, mejor que nosotros.

 

Provengo de ellos, de los antiguos navíos, de las largas travesías del océano, del honor de los vencidos, de la memoria de una tierra desconocida. Muchos trataron de borrar esa nostalgia de su sangre, y van a la deriva. Yo la he asumido. Soy al fin y al cabo, un protagonista de la decadencia de Europa en el exilio, de su negación de la sangre, de su voluntad, de su estética, del proceso negativo que debemos detener y revertir.

Desde la orilla húmeda y gris del Río de La Plata, escribo lo que somos. Es ese el más alto honor para un poeta.

Acaso desde la antigua aldea, que cuenta hoy con millones de habitantes, pueda invocar la magia de nuestro mandato, el sonido del acero durante los desembarcos, y todo lo que perdura en estas costas, y nos hermana con nuestro origen.

 

El poema, que ha sido el modo tradicional de hablar con los dioses, con los antepasados, de explicar el mito, de desentrañar el cosmos, es ahora una forma abandonada, desde que los hombres decidieron justamente, olvidar sus dioses, sus antepasados, sus mitos, los misterios sagrados.

 

El poeta sólo puede compartir un destino con los de su clase. Puede no tratarse de otros poetas, pero deberán llevar en la conciencia, la dimensión poética de las cosas.

Cuando una política representa algo trascendental, busca naturalmente integrarse con su dimensión poética. Ella le dará palabras a su espíritu, un verdadero nombre, una verdadera voz. Entonces, por más que el sistema nos cubra con capas y capas de anonimato, los símbolos poéticos se trasmitirán, de espíritu a espíritu, mientras queden hombres habitando una misma patria espiritual, con una identidad, con un alma elevada, con una esencia primordial que los identifique, y los remita a un territorio más allá de lo cotidiano, de lo que propone el vacío, la nivelación, la carrera hacia la angustia, hacia la decadencia.

 

La poesía, no es para el infrahombre, sino para el superhombre. Es para el habitante de una nación mítica, primordial, situada más allá del vacío cotidiano. La poesía expresa mediante símbolos, lo que existe del otro lado de las cosas. Es un mapa trazado por hombres que asumen una militancia otorgada por los dioses, y que en ocasiones, se torna insoportablemente solitaria. Acaso al imagen más clara de lo antedicho, sea la de Ezra Pound, encerrado en su jaula de hierro rumbo al neuropsiquiátrico, condenado por ser el más cuerdo de todos.

 

No es la cantidad de lectores ni la publicidad lo que hace un poeta, sino la capacidad de expresar una realidad superior, que comparte con los que son sus hermanos, y perdura mientras exista el continente mítico al que pertenece su estética.

El alma ejerce así su dominio y aspira a permanecer, a justificar su paso por el mundo, su pertenencia al supramundo. Esa conciencia espiritual, es lo que diferencia a los hombres superiores de los otros, y a veces los convierte en líderes, en héroes, en santos, o en  poetas, pero siempre en militantes. Esa dirección vertical nos coloca en un eje de comprensión ascendente, y nos lleva a vivir lo auténtico, lo elevado, lo trascendental, lo sagrado, que aún aislado bajo capas y capas de una realidad adversa, continúa siendo verdadero.

 

Sabemos que en la antigüedad, el lenguaje poético tenía otro valor. No es un secreto que el hombre ha cambiado, que se ha achicado, limitándose a su dimensión más grosera, menos espiritual. Con argumentos falaces, se derribaron los límites que impedían el descenso al abismo, se cortaron uno a uno los lazos con lo que es elevado, superior, espiritual, con todo lo que nos hace ser hombres, y no infrahombres, meras bestias sin espíritu, sin cultura, sin identidad, carentes de un orden que enfrente la destrucción de lo valioso.

 

El idioma poético se ha tornado incomprensible e innecesario para el hombre actual, del mismo modo, para los movimientos políticos y culturales que buscan consenso, en un medio que valora solamente lo superficial, lo material, lo prescindible, lo antojadizo, lo sometido al poder económico, tecnológico y financiero del supracapitalismo.

 

Lo que actualmente se denomina poesía, es en general una forma más de degradación. Lo es por el fondo y por la forma, ambos necesarios para que exista la creación poética.

Y al referirme a la forma, no pienso en las rígidas estructuras estéticas de un determinado tiempo y lugar, sino al modo apropiado en que debe expresarse lo elevado, que debe ser también elevado, aunque como es natural, no se haga siempre del mismo modo.

Pero nada de eso es posible sin un espíritu acorde.

 

La poesía es maldita, cuando responde a una cosmovisión contraria al actual sentido del mundo, cuando sus símbolos expresan una militancia superior, una gran lucha, no del hombre abstracto, o del mero animal numérico, que no puede llevarla a cabo por estar fuera de sus posibilidades, sino del hombre superior, con un espíritu fuerte, con una personalidad, orgánica, puesta al servicio del orden justo que garantiza su identidad, su pertenencia, a través de la cual, su alma inmortal se relaciona con el universo desde su morada terrena.

 

En ese sentido, nuestros poetas, responderán siempre al arquetipo del poeta guerrero, porque son parte de  una lucha en sí misma poética. No existe entre el simbolismo trascendental del poema y la acción combatiente de la espada, más que una distinción de forma. Animadas ambas por un espíritu, cercano al núcleo más denso de la luz, de la comprensión, y de la acción.

 

Para los protagonistas de esa lucha, para esos hombres escribe un poeta. Para esos, y para ningún otro.

19/03/2008 22:35 Autor: enlaultimafrontera. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.




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